El mundo cada día está más globalizado. Pero en un siglo en donde las relaciones internacionales y los avances tecnológicos cobran mayor importancia, el derecho se vuelve fundamental. Un derecho que sirva a las personas, que promueva leyes justas y no atente contra la estabilidad. La globalización es un concepto surgido en el siglo pasado a causa de las grandes transformaciones que trajeron las nuevas tecnologías y por ende las nuevas formas de vida. El inicio de este siglo llegó cargado de ilusiones y esperanzas, añorando la construcción de un sustento viable para la humanidad basado en paz, justicia y estabilidad, algo que anteriormente era desconocido. Las puertas del siglo XXI estaban cargadas de incertidumbre. El auge de las comunicaciones y los acelerados avances tecnológicos que acompañan a la globalización, tienen el efecto de minimizar al mundo, de tirar fronteras y de fomentar la integración regional como método para obtener un mejor desarrollo. Asimismo, con ella se reduce el poder del estado y se aumenta el de las empresas y el del libre comercio. El poder de la soberanía se convierte en un término vetusto. Es una globalización que aunque obedece a un determinismo económico, existe de igual forma una creciente gravitación en los rubros culturales, sociales, históricos, políticos, religiosos y ambientales. Consecuencias mejor conocidas como “efecto de mundialización” de la insólita homogenización apartada de la economía y donde la trascendencia del derecho es insoslayable. Las sociedades de los distintos tiempos siempre han necesitado seguridad, justicia, y certeza jurídica, en consecuencia un derecho a punto de caer en los dominios de la globalización–mundialización que puede padecer un periodo crítico al adaptarse a la inestable época de multilateralismos. El desarrollo y la constante evolución que se lleva a cabo en nuestra sociedad (aún más por el efecto globalizador) genera un cambio en el orden internacional. Sin embargo, no todo se transforma de la misma manera, pues el derecho como ciencia, primero debe ser estudiado y comprendido para después ser aplicado. Su desenvolvimiento avanza a un ritmo más lento dentro de esta frenética evolución mundial. El jurista Bartulo solía decir: “ius ex facto oritur”, es decir, “el derecho nace de la vida”, expresando que aquel va a moldearse con ésta. Si no fuera así, arruinaría el paradigma social que ha sido construido por los mismos individuos que la integran. Sus necesidades quedarían desatendidas, perderían su esencia y su razón de ser, pues el derecho dejaría de crear preceptos útiles y arruinaría la iniciativa social siempre rica y fecunda. La economía es imprescindible en nuestra sociedad además de tratar la distribución y adquisición de bienes materiales, se plantea la cuestión de equidad o justicia social. Se plantea las siguientes preguntas: ¿cuánto y cómo producir? y ¿para quién? En la mayoría de las economías actuales hay una gran diferencia entre pobres y ricos, diferencias tan marcadas que se presentan en países, pueblos y sociedades. Las desigualdades políticas y económicas han llevado a crear un abismo de diferencias entre desarrollos de centro y periferia, políticas que los juristas con ayuda de los peritos en la materia (economistas) subsanan mediante leyes jurídicas. El derecho internacional tiene un papel fundamental en la mencionada integración económica, ya que una “globo economía” necesita de instituciones viables que estén regidas por leyes de naturaleza jurídica y que promuevan un desarrollo integrado, equitativo y legal. Pero a pesar de que en la sociedad post- moderna existe un estrecho vínculo del derecho con la economía, la tarea del jurista va más allá. El abogado como conocedor de cualquier campo del saber humano deberá dar un enfoque general, global y no con una dirección de índole puramente económica, pues su ejercicio profesional principalmente en esta época no podría funcionar así. Debe extender sus estudios y por ende sus conocimientos a disciplinas como son la historia, filosofía, economía, administración, medicina y otras áreas que tienen conexión con las relaciones humanas, que es ahí donde lo jurídico tiene su más grande aplicación. Las relaciones humanas deben ceñirse a determinados valores como la seguridad, la moralidad, el bien común y el orden. Pero para lograr ese orden se requiere el equilibrio entre fuerza y libertad. García Máynez define al derecho como un: “conjunto de normas jurídicas que regulan el comportamiento externo del hombre en sociedad”. El hombre es capaz de modificar lo que quiera, siempre y cuando garantice la plena convivencia y no perjudique el orden ni la estabilidad. Las labores del abogado en los albores de una nueva era no dejan de ser lo que siempre han sido, ni se abandonará su finalidad: la búsqueda de la justicia y el orden. Los problemas que el derecho debe atender aumentan, pues cada día emergen nuevas tendencias, visiones políticas, muchas veces dañinas y que agravian a los individuos. Estos problemas se solucionarían si se vela por los intereses de las partes involucradas. Tal es el caso de la inmigración, el libre comercio, las armas nucleares, las instituciones, la gobernabilidad, la crisis económica, la crisis política, los problemas educativos, la salud, las empresas transnacionales, la ecología, entre otros. El derecho debe de estudiar y comprender estos problemas para ayudar a dar pleno sentido a nuestra existencia. La diversidad de la realidad termina dominando al derecho, por lo que es necesario hacer una ley que trascienda y sea capaz de reglamentar justamente para que ni la globalización económica ni los medios sean quienes dicten sus propias leyes. Dickens decía: “la verdadera grandeza consiste en hacer que los hombres se sientan grandes y no pequeños”. Pero ¿cómo sabemos cuándo nos encontramos ante un grande?, ¿existen en el campo del derecho figuras comparables a los ilustres juristas que sentaron sus bases?, ¿existe un modelo de jurista que pueda ser calificado como universal por la universalidad de su mensaje? Si no es así, la necesidad de crear un verdadero abogado capaz de sobrellevar esta realidad, que a veces de torna difícil, es urgente. Sus ideas deben ser capaces de recorrer y asentarse en el mundo entero, ya que éstas no conocen frontera y el pensamiento es lo único libre que nos resta. Por ello este jurista debe buscar el orden, eludir el absolutismo y la prepotencia. La necesidad de tener una visión global se asienta en el derecho en el momento en que éste comienza a ser un contenedor abierto y disponible porque ya un código no es suficiente, se evaporó junto con la autonomía del estado. La globalización es una oportunidad, un reto. El movimiento existe y existen las crisis del orden jurídico, es ineludible. Esta nueva era globalizada exige la formación de un derecho global –distinto del viejo derecho, aquel que se apoya sólidamente en unos principios jurídicos comunes y que logra afrontar con éxito el gran reto jurídico del siglo XXI–. Este “ius novum universale” será, a mi entender, fruto dentro de esta nueva cultura. Por ello el futuro del derecho deberá impedir que las máquinas dominen la mente y esencia humana. Y de esta manera generen una conciencia de hombres de ciencia y de praxis, que conjuguen diversos conocimientos y el manejo de técnicas. Todo esto unido por la certeza del valor del derecho para la vida diaria en una comunidad local y universal.
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